Mi vida en una maleta
Desconfié hasta de mi sombra
Hace
casi nueve años salí de Venezuela, como muchos otros. Las razones son más que
conocidas y no vienen al caso ahora.
Cuando
emprendí mi viaje lo hice sola, con Dios a mi lado, nadie más.
Dentro
del territorio venezolano viajé en avión, hice dos escalas, dos aeropuertos,
vivencias diferentes en cada uno.
En el
segundo, antes de cruzar al país vecino, Colombia, al momento de retirar mis dos
maletas, (50 kilos aproximadamente entre las dos, cargadas y pesadas en demasía)
noté que una de las ruedas de la más grande estaba rota y era inútil tratar de
remendarla, así que, tuve que continuar mi trayecto con solo tres ruedas funcionándole.
Al salir
del aeropuerto y acércame a la frontera, el camino se hacía largo, era pedregoso
en partes, lleno de gente en otras, carros, bicicletas por doquier y, por si
fuera poco, un sol inclemente. Tal como lo que hemos conocido de los mercados
persas.
Un lugar
en el que definitivamente a muchos no nos gustaría estar dos veces en la vida.
Allí iba
yo, con mis dos maletas y una de ellas chueca, con nadie conocido a mi
alrededor, con dólares en el bolsillo que debía cuidar tanto como a mi vida,
pues era el único patrimonio con el que contaba.
¡Desconfiaba
hasta de mi sombra!
En un punto
del camino la maleta ya no podía más, y tampoco yo. Sonreír y pedir por favor, tristemente
no valía para nada, así que tuve que pagar por ayuda a un joven que, si se la
podía echar al hombro y llevarla hasta el otro extremo, mientras tanto yo batallaba
empujando 25 kilos más.
Estaba
cansada, tenía sed, debía entrar a una casa de cambio, debía hacer largas filas
para sellar en el pasaporte mi salida de un país y la entrada al siguiente.
Esta
segunda parte yo la omití y pensé que podía resolver más adelante. Olvidé la GRAN
relevancia de notificarle a un país extranjero que estaba entrando en su
territorio y todo debido al afán de salir de aquella zona caótica, de cuidar
que no sacaran nada de mis maletas, o en el peor caso, que no metieran nada “extraño”
en ellas.
Solamente
quería y necesitaba llegar a un lugar en el que pudiera descansar del ajetreo, respirar
con naturalidad y soltar las benditas maletas.
Lo innecesario cuesta caro
La consecuencia
de ignorar el sello de mi pasaporte al entrar a un país ajeno, fue la peor
bienvenida que pude tener.
Al llegar
a mi destino, pude por fin deshacerme del peso de las maletas, pero tuve que comprar
enseguida pasaje de regreso a la frontera y esta vez hacer lo que debí desde el
principio, ya que no había oficina que me sellara dentro de la ciudad, sino únicamente
en el puesto fronterizo.
A parte del cansancio, la tristeza, decepción y molestia conmigo, tuve que gastar
la mitad de aquel patrimonio que me acompañaba. Tocó emprender con menos de lo
pensado.
Lo necesario vs. lo importante
Una
vez resuelto el sello, pude por fin descansar y abrir las maletas para
organizar lo que había dentro: ropa, zapatos, sabanas, toallas y documentos
importantes.
Honestamente,
no fue en ese momento que me di cuenta de lo inútil que era todo aquello,
cargar con eso no compensó jamás las penurias que yo sé que pasé.
Al cabo
de unos pocos meses, todo eso ya no estaba conmigo. Algunas cosas las regalé, otras
se dañaron y las boté, otras las sustituí por unas mejores y que me gustaban
más.
Únicamente
quedaron los documentos y la cobija que mi mamá tejió para mí. Sorprendentemente,
todo entró en una maleta y pude botar la dañada.
El arte de saber distinguir
Entendí que no siempre lo necesario es verdaderamente importante. Yo necesitaba una toalla para secarme, pero no era algo tan importante como para recargar una maleta, yo podía comprarla luego, hay formas de sustituir una toalla corporal.
Me faltó
fe para creer que mi provisión llegaría pronto, que mi proveedor saldría en mi
defensa y que no me dejaría en penurias, y si ese hubiera sido el caso, con
certeza sería momentáneo y para dejarme una gran enseñanza.
Filipenses 4:19 Y este mismo Dios quien
me cuida suplirá todo lo que necesiten, de las gloriosas riquezas que nos ha
dado por medio de Cristo Jesús.
Dos
años y cuatro meses después, llegó la pandemia, nos encerraron y la idea de
negocio que recibí de parte de Dios, fue abrir una tienda de moda circular – sustentable,
comenzar a vender mi propia ropa.
Mis ojos
vieron cómo emergían de la nada los recursos para aquella tienda. Personas desconocidas
pasaban por el frente y me dejaban regalos. No eran cualesquiera regalos, eran
de absoluta calidad, prendas nuevas con etiqueta, otras no tanto, pero en extraordinario
estado, y no pedían nada a cambio, solo aportarlas.
-Tu provisión llegará de forma impensable-
Todo lo
que yo pueda escribir ahora se queda absolutamente corto con la sobreabundancia
que Dios nos dio a mi familia y a mí. Nuestra casa fungió como un centro de
acopio para ayudar a muchas personas con bolsas de comida, ropa, calzados,
dinero, toallas y pare de contar.
Durante
cuatro años fue mi principal fuente de ingresos y la tuve hasta el último día
que viví en Colombia. Me di el lujo de estrenar a diario prendas que ni imaginé
tener y por las cuáles no pagué un peso. Las usaba una vez y las vendía, incluso,
teniéndolas puestas, y así fue por mucho tiempo.
Al ver
todo aquello día tras día, comprendí que estaba viviendo realmente bajo la
promesa que tenemos en Mateo
6:25-34 no preocuparme por la vida diaria, si tendré
suficiente alimento y bebida, o suficiente ropa para vestirme…
Muchas veces centramos nuestra atención en lo que necesitamos, pero no en lo que tenemos al frente, y menos en lo verdaderamente importante, aquello que si vale la pena llevarse en la maleta que cargaremos toda la vida: Dios, el amor de la familia y sus detalles…. y por supuesto, siempre dejar espacio para alguno que otro documento.
Cuando
decidí despedirme de Colombia, comencé a vender, regalar, donar a diestra y a
siniestra, era un deleite escoger objetos y ser guiada para dárselo a alguien en
específico.
Me desprendí
de todo, todo lo que me gustaba muchísimo, pero que ya había disfrutado y lo
hice con la seguridad de que en el siguiente país donde viviría iba a tener más
y mejores cosas de las que estaba dejando atrás.
En mi
segunda migración mi maleta fue de 10 kilos, y no sólo la mía, también la de cada
miembro de mi familia. Aprendimos en la práctica que tenernos lo es todo y que,
con Dios de nuestro lado nada nos faltará.
Han pasado diez meses y 23 días de mi vida en este nuevo país y tengo absolutamente todo lo importante conmigo, lo necesario seguirá llegando y no me afano.
- Esta vez no recargué mi maleta.
- Esta
vez no viajé con una cobija tejida por mi mamá, ella viajó a mi lado.
- Esta vez
dejé la toalla por fuera, hoy disfruto de una anhelada confortable bata de baño.


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